José Manuel Fernández López
Coronel del Ejército de Tierra
Autor del libro “Con las botas puestas”
-Supongo que tendrás que irte ya —preguntó él, y añadió— ¿Has venido sola?
-Sí. Iba a venir una amiga, pero al final no ha podido —dijo ella sonriendo y, mirándole a los ojos inquirió— Y tú, ¿vas a casa?
– Sí —repuso él— aunque —dijo mirando al vacío— la verdad es que hasta la tarde no me esperan. He terminado de hacer un examen y me apetecía venir al Museo del Prado para despejarme.
– ¿Qué estudias? —preguntó ella.
– ADE —respondió él de forma cortante.
– Siempre estudiando —contestó ella mientras ponía los brazos sobre el pecho.
– Sí —terció él— Oye, si quieres podemos comer juntos. Tengo libre hasta la mitad de la tarde.
– Me parece bien —contestó sincera. También le parecía poco tiempo para despedirse— pero pongo una condición…
– Si se trata de que me invites —empezó diciendo él moviendo las manos— la respuesta es no. Propongo que paguemos a medias.
Ella asintió complacida.
– Vale —empezó a decir ella— pero, con la condición de que me cuentes una vivencia tuya en el ejército. Tú siempre contabas historias muy bonitas. Seguro que sigues escribiendo.
– Bueno. No escribo tanto como quisiera. O sea, que quieres una historia de color caqui —dijo él agradecido— historias muy humanas, muy de andar por casa.
– Sí, eso —dijo ella positiva— recuerdo, y aún conservo relatos tuyos —dijo algo azorada— cuando salimos.
– De acuerdo —dijo él sin mirarle a la cara— trato hecho —dijo extendiendo la mano.
El “trato” quedó sellado con un fuerte apretón de manos. Y él sintió un latigazo interior.
– Esta bien —dijo él— ahí va, una de humanidades en el Ejército.
– Venga, venga —dijo ella animándole.
– Una vez nos lanzaron en paracaídas —empezó diciendo él— pero hubo un problema y caímos muy alejados fruto de una térmica.
– ¿Qué es una térmica? —preguntó ella.
– Es una corriente de aire caliente —explicó él simplón— que te impide bajar por estar a más temperatura que las otras corrientes que se encuentran en la atmósfera.
– Visto —repuso ella sonriendo con un baile en los ojos— visto lo de la térmica.
– Como te decía —continuó él— la térmica nos mandó a varios de mis hombres y a mí a más de diez kilómetros de la zona de caída.
– Vaya faena —exclamó ella.
– Sí —dijo él recordando.
-Caímos en un prado próximo a las afueras de un pueblo. Todo estaba engalanado porque había una boda y —se detuvo— Tengo que hacer una parada técnica —dijo sonriendo— voy al servicio.
Dicho esto, se levantó en dirección a los lavabos, no sin antes dejarla al cuidado de su carpeta de apuntes. Ella siempre había sido algo curiosa. No es de extrañar que, mientras, él caminaba hacía el servicio, la carpeta titulada, con gruesa letra de imprenta, como “Contabilidad Financiera” fue abierta por ella para aguardar la espera. Comenzó a pasar hojas de supuestos y anotaciones contables. Al final de las anillas encontró unas páginas escritas a mano con el título: “Ellas escriben, ellos leen”. Sin darse cuenta comenzó a leer:
“Déjenme que les diga una cosa; El libro que tienen en sus manos es el testimonio de un tributo, de un homenaje, a la mujer en general. Desde Grecia a China pasando por Bilbao, por la Infantería de Marina, la Edad Media y otros tantos escenarios nos adentramos en descubrir tal cómo podemos leer (la vida de todos nosotros es igual de valiosa e indispensable para nuestras familias y amigos). Pero, también, es una llamada de atención para mostrarnos que la igualdad entre hombres y mujeres, la verdadera, existirá cuando deje de hablarse de unos y de otros. Cuando no existan cuotas ni cupos. Cuando hablemos de personas, de seres humanos”.
Al verle aproximarse, ella cerró la carpeta, y, sintió un latigazo interior.
